Rabia e impotencia infinita ante la miseria humana.

Todos hemos escuchado alguna vez de atracos, de robos, algunos con violencia, otros con maña, etc.; y todos de alguna manera nos indignamos cuando nos toca ser víctima de ellos, cuando los presenciamos, o cuando por cualquier cosa sabemos o tenemos contacto con ellos. No obstante, muchas de estas veces se puede identificar a la persona, (que no capturarla) pero por lo menos sabes quién fue, o cómo fue.

Pero cuando te toca ser víctima o presenciar un robo a una persona que, por alguna razón, se encuentra en una situación vulnerable, no puedes más que sentir rabia, una rabia e impotencia infinita, independientemente de que tú formes parte de un colectivo vulnerable.

El día de ayer, caminábamos una amiga y yo por la estación España del metro, cuando nos acercamos a sacar un ticket de las máquinas del TMB. Valga decir que ella, al igual que yo, también es ciega. Intenté activar en una de las máquinas el sistema de voz que estos aparatos tienen incorporado sin ningún éxito, tras lo cual pulsamos el botón de ayuda para que una persona de la estación acudiera a ayudarnos a sacar el ticket, sistema que ni siquiera respondió. Intentamos nuevamente activar el sistema de voz en una segunda máquina con idénticos resultados.

Tras eso, se acerca una persona de habla inglesa a ofrecernos ayuda, ayuda que sin otra alternativa aceptamos, le decimos que queremos un ticket T10, él pulsa en la pantalla y vocaliza «One, two», cosa que me pareció rara porque nosotros solo necesitábamos una tarjeta, y de una zona.

Tras eso introducimos la tarjeta bancaria y nos pregunta el número Pin, entonces yo le digo a la chica, propietaria de la tarjeta, que lo marque ella. Lo marca, recogemos los tickets por debajo de la máquina, sorprendiéndonos de que salieran dos, además de un tercero ligeramente más pequeño, el cual después resulta ser simplemente un calendario promocional de TMB.

En los siguientes segundos todo pasa muy rápido, el hombre angloparlante coge la tarjeta de la máquina, (obviamente había visto el PIN al marcarlo), nosotros nos liamos preguntando a la gente si la máquina tenía la tarjeta, preguntando que de qué eran los tickets, en fin, que tras un minuto caemos en cuenta del atraco.

Pedimos ayuda a los vigilantes de la estación, que tardan siglos en llegar, obviamente ya para nada, llamamos al banco para bloquear las tarjetas, y a pesar que entre el atraco y el bloqueo no pasan más de 10 minutos, es tiempo suficiente para que el hijo de puta, (porque no se le puede llamar de otra forma) se zampe 1100 euros sin despeinarse en el cajero más cercano.

Un vigilante nos indica que vayamos a denunciar a Catalunya, perdiendo más tiempo en el traslado obviamente, pero después otro nos recuerda que al salir de la estación está el centro de los Mozos de Escuadra, en el cual finalmente interponemos la denuncia.

El final de esta historia no lo sé ahora, quizá los seguros de la chica le repongan el dinero, quizá la misma Caixa pueda anular los movimientos hechos y reembolsárselo, eso de alguna manera puede que tenga solución; sin embargo, la rabia de presenciar eso, de ser víctima, de quedarte ahí con la cara de idiota, sin poder decir quién fue, porque obviamente ni ella ni yo vemos para poder identificarlo, sin siquiera darte cuenta en qué momento tomó la tarjeta, sin poder seguirlo, es una rabia infinita.

¿Después de eso qué te queda?, ¿negarte a recibir ayuda mostrándole a la gente que realmente tiene buenas intenciones que los ciegos son unos antipáticos?, ¿esperar siempre años para comprar un producto?, ¿para ser atendido con el mínimo riesgo posible?, en fin.

Esto ocurrió en Barcelona, como pudo haber ocurrido en París, en México DF, o en cualquier otro sitio, porque en cualquier sitio, independientemente de la bandera que se ice, existirá la miseria humana, la miseria de abusar del indefenso.

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